martes, 1 de septiembre de 2015

Lectura de muestra (Sample)


Mi vocación de locutor frustrado parecía estar llegando a su fin. Había conseguido una entrevista con uno de los principales productores de radio de la región. Pero aquella fecha coincidiría con una serie de fatídicos eventos que no tardarían en desquiciarme. Ese día Romina habló por la mañana pidiéndome nuevamente firmar los papeles del divorcio —no contesté, por supuesto, sino que me limité a "no estar", mientras la escuchaba dejar un mensaje en el contestador—. A pesar de que me habían concedido el día libre, el imbécil de Martínez no dejaba de hablarme por quién-sabe-qué-emergencia de quién-sabe-qué-cliente que dios-sabrá-porqué yo era el único capaz de atender. El licenciado Barrera está muy molesto, decía. Debes venir de una vez. ¡Al demonio con él y el jefe! Pero los motivos para odiar aquél día no acabaron ahí: la plomería de la casa amaneció en huelga de suministro, el motor del coche volvió a retorcerse en bronquitis y, cuando al fin decidió arrancar, contaba con apenas diez minutos para atravesar una distancia imposible y llegar a tiempo al casting. Ya en camino, el colmo de los colmos se hizo presente: en mi carrera contra las manecillas, me estrellé contra un iceberg que se encontraba a mitad de la avenida.
            —¿Se encuentra bien, señor? —preguntó un policía que se acercó a auxiliarme.
            —¡Por dios! ¿Si me encuentro bien? ¿Cómo demonios voy a estar bien? Mire mi coche, ¡está destrozado y tengo una cita de trabajo en diez minutos!
            —Es la temporada señor. Debió ver el señalamiento.
            —¿Señalamiento? ¿De qué señalamiento me habla? ¡No hay ningún señalamiento! De haber uno lo hubiese visto.
            —El señalamiento de que la avenida está obstruida por un iceberg.
            —¿En verdad? ¡No me diga! Muchísimas gracias, oficial, porque de no ser por su brillante aclaración no me hubiese fijado de este maldito infortunio de tres metros ¡que acaba de destrozar mi coche!
            —Baje la voz, espere mientras levanto el reporte para hacerle su multa.
            —¿Cómo? ¿Es broma? ¿Una multa?
            —Se pasó la señal. Debió verla. Es temporada de icebergs, como usted sabe.
            —Esto es increíble. ¡Inconcebible! ¡Absoluta y rotundamente insufrible! ¿Va a ponerme una multa por estar a punto de salir herido?
            —Por no hacer caso a un señalamiento vial. Le voy a pedir que se controle. Tiene suerte de que no se le vaya a levantar una multa adicional por obstrucción de la vía pública.
            —¿Obstrucción de la vía pública? ¿Qué no ve que la avenida ya estaba obstruida por este montículo de hielo?
La discusión iba aumentando de temperatura y los curiosos transeúntes fueron acercándose a la misma velocidad con la que una gran nube negra se fugaba del cofre de mi auto. No tardó en llegar un par de reporteros para tomar nota de lo sucedido. Uno trató de sacarme algunas palabras, pero me negué. Lo único que me importaba era llegar a la estación de radio.
            —Tomaré un taxi. Mire, tenga, aquí están las llaves de mi auto. Quédese con mi licencia y volveré apenas termine.
            —Me temo que no puedo dejar que se vaya, señor. Cometió una infracción y debe esperar a que termine de levantar el reporte para que después podamos darle su multa.
            —¡María purísima! ¿Y cuánto tiempo le tomará hacer eso?
            —Depende, debo esperar a mi compañero, él tiene las hojas de multa y la pluma.
Mientras le explicaba al cernícalo azulado los principios básicos del sentido común, uno de los conductores, harto de esperar inútilmente que el tránsito recuperase su cauce, bajó de su vehículo y se acercó a nosotros. Tenía una altura hermosa y unos lentes oscuros que reflejaban mi rostro susceptible cuando lo vi llegar.
            —¿Charly Alberti? ¡Es usted Charly Alberti!
            —Eh… ¿loco, sos el dueño del vehículo?
            —¡Sí! Soy yo la víctima del accidente, pero según este aprendiz de fascista soy un infractor y no me deja ir. Por favor, maestro, ayúdeme a razonar con esta imitación barata de Torrente.
            —Bueno, che, quizá podríamos simplemente apartarlo del camino para retomar el cruce.
            —Lo siento, no puedo permitirlo —interrumpió el gendarme—. Debo esperar a que regrese mi compañero para levantarle la multa. El coche debe permanecer en la posición en la que ocurrió el siniestro.  
Mientras tratábamos de quitarle el velo de ignorancia a la justicia municipal, algunos transeúntes (sobre todo mujeres) comenzaron a acercarse al advertir la presencia de Charly en le escena. Los reporteros amarillistas habían encontrado un nuevo giro para los titulares. Yo, el iceberg y las repetidas invocaciones a la madre del policía quedaron en segundo plano. Decenas de manos trataban de superar al par de policías que, convertidos en guardaespaldas improvisados, contenían el paso hacia el uranio argentino. Charly era ahora el centro de lo existente. El tiempo era el único que parecía ignorarlo y se alejaba cínicamente, cargando con mis últimas esperanzas de llegar a tiempo a la entrevista.           
Pero quedaba un instante inesperado por cometerse y fue el siguiente: en medio del caos idólatra, una voz rabiosa pronunció mi nombre a la distancia. El micro-universo que habíamos creado alrededor de una canosa cabellera se vino abajo y las miradas comenzaron a buscar el origen del llamado. Venía de ahí, de arriba, de la punta del iceberg. Apenas pude dar crédito a lo que veía: ¡Era Romina! Desalineada de cólera, gritando mi nombre una y otra vez mientras iba descendiendo de la estructura de hielo.
            —¡Lorenzo! ¡Animal! ¡Bastardo! ¡Idiota! ¿Tienes idea de cuánto tiempo llevo tratando de localizarte? Dieciséis mensajes, Lorenzo. ¡Dieciséis! ¿Cuándo vas a dejar de ser un cobarde y afrontar las cosas como un hombre?
            —–Romina, ahora no es el momento, ¿sí? Acabo de chocar y tengo una junta…
            —Siempre es lo mismo contigo, Lorenzo. ¡Siempre! No tienes dignidad ni siquiera para divorciarte ¿verdad?
            —Romina, por favor, hablaremos con calma hoy por la noche, lo prometo. Yo… eh, mira, Charly Alberti. ¿Lo puedes creer? Estaba justo detrás de mí antes de que yo chocara.
            —Me vale un comino Charly Alberti —dijo para después escanear fríamente la extensa figura del músico. Además, nunca me gustó Sui Generis, así que no me impresiona en lo más mínimo.
            —Ese es Charly García. —aclaró el porteño, tratando de reivindicar la atención de Romina.
            —¡Me vale un pito! Escúchame bien, Lorenzo. Vas a venir conmigo para firmar esos papeles de una vez o voy a…       
Antes de que Romina pudiese concretar alguna amenaza que involucrase mi virilidad, nuevamente se escuchó mi nombre a gritos desde la altura del iceberg, esta vez en una voz menos aguda. Era Martínez, portando elegantemente el gafete de la oficina y sus zapatos recién pulidos. Estaba tan cómico como sólo él podía estarlo cuando trataba de enojarse. Su timbre chillón comenzaba a vociferar cosas apenas entendibles, pero resultaba evidente que yo era el responsable de lo que había desatado la furia de su pequeña estatura.
            —¡Lorenzo! ¡El cliente! ¡El consorcio! Te dije que fueras a la oficina de inmediato. ¡El licenciado Barrera va a colgarnos por tu culpa! ¡Por tu culpa, maldito irresponsable!   […]

FIN DEL SAMPLE
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Sinopsis
"Un hombre se estrella contra un iceberg camino a una entrevista de trabajo que podría cambiar su vida. El balón de unos niños palestinos cae en territorio israelí dando fin a su partido. Después de la muerte de su pareja, un payaso debe presentarse en una despedida de soltero. Un anciano despierta en una ciudad formada por todas las ciudades que ha visitado en su vida. Gente que habita el subsuelo rescata a un niño perdido. Un rey es detenido en un país extranjero por un delito que no cometió. Un vuelo en el que empiezan a aparecer más y más pasajeros hasta desbordarlo. Los diecisiete relatos que conforman “Intermitencias” llevan al lector del absurdo a la nostalgia a través de personajes víctimas del impredecible universo en el que se encuentran."



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