Mi vocación de locutor frustrado parecía
estar llegando a su fin. Había conseguido una entrevista con uno de los
principales productores de radio de la región. Pero aquella fecha coincidiría con
una serie de fatídicos eventos
que no tardarían en desquiciarme. Ese día Romina habló por la mañana pidiéndome
nuevamente firmar los papeles del divorcio —no contesté, por supuesto, sino que
me limité a "no estar", mientras la escuchaba dejar un mensaje en el
contestador—. A pesar de que me habían concedido el día libre, el imbécil de
Martínez no dejaba de hablarme
por quién-sabe-qué-emergencia de quién-sabe-qué-cliente que dios-sabrá-porqué
yo era el único capaz de atender. El licenciado Barrera está muy molesto, decía. Debes venir de una vez. ¡Al demonio
con él y el jefe! Pero los motivos para odiar aquél día no acabaron ahí: la plomería de la casa amaneció en
huelga de suministro, el motor del coche volvió a retorcerse en bronquitis y,
cuando al fin decidió arrancar, contaba
con apenas diez minutos para atravesar una distancia imposible y llegar a tiempo al casting.
Ya en camino, el colmo de los colmos se hizo presente: en mi carrera contra las
manecillas, me estrellé contra un iceberg que se encontraba a mitad de la
avenida.
—¿Se
encuentra bien, señor? —preguntó un policía que se acercó a auxiliarme.
—¡Por
dios! ¿Si me encuentro
bien? ¿Cómo demonios voy a estar bien? Mire mi coche, ¡está destrozado y tengo
una cita de trabajo en diez minutos!
—Es
la temporada señor. Debió ver el señalamiento.
—¿Señalamiento?
¿De qué señalamiento me habla? ¡No hay ningún señalamiento! De haber uno lo
hubiese visto.
—El
señalamiento de que la avenida está obstruida por un iceberg.
—¿En
verdad? ¡No me diga! Muchísimas gracias, oficial, porque de no ser por su
brillante aclaración no me hubiese fijado de este maldito infortunio de tres
metros ¡que acaba de destrozar mi coche!
—Baje
la voz, espere mientras levanto el reporte para hacerle su multa.
—¿Cómo?
¿Es broma? ¿Una multa?
—Se
pasó la señal. Debió verla. Es temporada de icebergs, como usted sabe.
—Esto
es increíble. ¡Inconcebible! ¡Absoluta y rotundamente insufrible! ¿Va a ponerme
una multa por estar a punto de salir herido?
—Por
no hacer caso a un señalamiento vial. Le voy a pedir que se controle. Tiene
suerte de que no se le vaya a levantar
una multa adicional por obstrucción de la vía pública.
—¿Obstrucción
de la vía pública? ¿Qué
no ve que la avenida ya estaba obstruida por este montículo de hielo?
La discusión iba
aumentando de temperatura y los curiosos transeúntes fueron acercándose a la
misma velocidad con la que
una gran nube negra se fugaba del cofre de mi auto. No tardó en llegar un par
de reporteros para tomar nota de lo sucedido. Uno trató de sacarme algunas
palabras, pero me negué. Lo único que me importaba era llegar a la estación de
radio.
—Tomaré
un taxi. Mire, tenga, aquí están las llaves de mi auto. Quédese con mi licencia
y volveré apenas termine.
—Me
temo que no puedo dejar que se vaya, señor. Cometió una infracción y debe
esperar a que termine de levantar el reporte para que después podamos darle su
multa.
—¡María
purísima! ¿Y cuánto tiempo le tomará hacer eso?
—Depende,
debo esperar a mi compañero, él tiene las hojas de multa y la pluma.
Mientras le explicaba al
cernícalo azulado los principios básicos del sentido común, uno de los
conductores, harto de esperar inútilmente que el tránsito recuperase su cauce,
bajó de su vehículo y se acercó a nosotros. Tenía una altura hermosa y unos
lentes oscuros que reflejaban mi rostro susceptible cuando lo vi llegar.
—¿Charly Alberti? ¡Es usted Charly Alberti!
—Eh… ¿loco, sos el dueño
del vehículo?
—¡Sí!
Soy yo la víctima del accidente, pero según este aprendiz de fascista soy un
infractor y no me deja ir. Por favor, maestro, ayúdeme a razonar con esta
imitación barata de Torrente.
—Bueno,
che, quizá podríamos simplemente apartarlo del camino para retomar el cruce.
—Lo
siento, no puedo permitirlo —interrumpió el gendarme—. Debo esperar a que
regrese mi compañero para levantarle la multa. El coche debe permanecer en la
posición en la que ocurrió el siniestro.
Mientras tratábamos de
quitarle el velo de ignorancia a la justicia municipal, algunos transeúntes
(sobre todo mujeres) comenzaron a acercarse al advertir la presencia de Charly
en le escena. Los reporteros amarillistas habían encontrado un nuevo giro para
los titulares. Yo, el iceberg y las repetidas invocaciones a la madre del
policía quedaron en segundo plano. Decenas de manos trataban de superar al par
de policías que, convertidos
en guardaespaldas improvisados, contenían el paso hacia el uranio argentino.
Charly era ahora el centro de lo existente. El tiempo era el único que parecía
ignorarlo y se alejaba cínicamente, cargando con mis últimas esperanzas de
llegar a tiempo a la
entrevista.
Pero quedaba un instante
inesperado por cometerse y fue el siguiente: en medio del caos idólatra, una
voz rabiosa pronunció mi nombre a la distancia. El micro-universo que habíamos
creado alrededor de una canosa cabellera se vino abajo y las miradas comenzaron
a buscar el origen del
llamado.
Venía de ahí, de arriba, de
la punta del iceberg. Apenas pude dar crédito a lo que veía: ¡Era Romina!
Desalineada de cólera, gritando mi nombre una y otra vez mientras iba
descendiendo de la estructura de hielo.
—¡Lorenzo!
¡Animal! ¡Bastardo! ¡Idiota! ¿Tienes idea de cuánto tiempo llevo tratando de
localizarte? Dieciséis mensajes, Lorenzo. ¡Dieciséis! ¿Cuándo vas a dejar de
ser un cobarde y afrontar las cosas como un hombre?
—–Romina,
ahora no es el momento, ¿sí? Acabo de chocar y tengo una junta…
—Siempre
es lo mismo contigo, Lorenzo. ¡Siempre! No tienes dignidad ni siquiera para
divorciarte ¿verdad?
—Romina,
por favor, hablaremos con calma hoy por la noche, lo prometo. Yo… eh, mira,
Charly Alberti. ¿Lo puedes creer? Estaba justo detrás de mí antes de que yo
chocara.
—Me
vale un comino Charly Alberti —dijo para después escanear fríamente la extensa
figura del músico—. Además, nunca me gustó Sui Generis, así que no me impresiona en
lo más mínimo.
—Ese
es Charly García. —aclaró
el porteño, tratando de reivindicar la atención de Romina.
—¡Me
vale un pito! Escúchame bien, Lorenzo. Vas a venir conmigo para firmar esos
papeles de una vez o voy a…
Antes de que Romina
pudiese concretar alguna amenaza que involucrase mi virilidad, nuevamente se
escuchó mi nombre a gritos desde la altura del iceberg, esta vez en una voz
menos aguda. Era Martínez, portando elegantemente el gafete de la oficina y sus
zapatos recién pulidos. Estaba tan cómico como sólo él podía estarlo cuando trataba de
enojarse. Su timbre chillón comenzaba a vociferar cosas apenas entendibles,
pero resultaba evidente que yo era el responsable de lo que había desatado la
furia de su pequeña estatura.
—¡Lorenzo!
¡El cliente! ¡El consorcio! Te dije que fueras a la oficina de inmediato. ¡El
licenciado Barrera
va a colgarnos por tu culpa! ¡Por tu culpa, maldito irresponsable! […]
FIN
DEL SAMPLE
* * *
* *
Para
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Sinopsis
"Un hombre se estrella contra
un iceberg camino a una entrevista de trabajo que podría cambiar su vida. El
balón de unos niños palestinos cae en territorio israelí dando fin a su
partido. Después de la muerte de su pareja, un payaso debe presentarse en una
despedida de soltero. Un anciano despierta en una ciudad formada por todas las
ciudades que ha visitado en su vida. Gente que habita el subsuelo rescata a un
niño perdido. Un rey es detenido en un país extranjero por un delito que no
cometió. Un vuelo en el que empiezan a aparecer más y más pasajeros hasta
desbordarlo. Los diecisiete relatos que conforman “Intermitencias” llevan al
lector del absurdo a la nostalgia a través de personajes víctimas del
impredecible universo en el que se encuentran."